Radio Pocopán en los 80

Este post es continuación del que hice sobre los 70. Hay que joderse con los años (que va uno cumpliendo). La nostalgia ya no es lo que era.

El caso es que en el año 1982 me sacan de aquel jodido pueblo del que tengo tan buenos recuerdos, llegué hecho un pringaíllo y salí de allí hecho un pedazo de macarra que se me venía venir. Pero el primer año de vuelta a tierras sevillanas me lo pasé en Camas, un pueblo del área metropolitana. Allí mis conocimientos sobre el rock urbano o sobre el rock progresivo dejaban fríos a mis compas de octavo de EGB, cuyas preocupaciones principales (compartidas por mí) eran el sexo y el futbolín. Los de mi hermana en el Instituto de FP se centraban demasiado para mi gusto en cantoautores, lo que me parecían gustos musicales más cercanos a los de mis viejos. Año en blanco, pues, y deseando volver a la capital. Y así fue, en septiembre de 1983 vivía en la zona de Osario e iba al Instituto Velázquez, recientemente declarado mixto, aún predominantemente femenino, qué paraíso adolescente. Y entre lo que vi y lo que oí…

… decidí que quería ser punki. Estaba claro, gamberradas a tope, drogas para probar, despreocupación por el futuro, vecindario aterrorizado y escandalizado y música machacona, pegajosa y fácil de ejecutar (por entonces comencé a aporrear un bajo y me veía como Sid Vicious, bonito modelo de comportamiento, hay que joderse). Pero la verdad es que se ligaba poco como punki, o, más bien, había que ser el más punki del barrio, clavarse demasiados alfileres y ser demasiado destroyer para ligar con las dos locas con el estómago suficiente y no demasiado buen olor corporal. Definitivamente, se ligaba más como moderno y se podía mantener un poco la estética:

La música me gustaba, la verdad, era un subidón. Seguíamos fumando canutos, podíamos innovar con la estética, mantener actitudes punk, seguir teniendo a Germán Copini como ídolo y comenzamos a ligar bastante. Pero había algo que no terminaba de convencer, la verdad, era todo un poco ñoño, no sabíamos qué. Nos lo volvieron a dejar claro los de Siniestro Total, los que se quedaron, quienes dedicaron al desertor Copini esta bonita toná que nos hizo abrir un poco los ojos:

Por otro lado, había colegas, fieles al estilo urbano que evolucionó al heavy, con muñequeras de remaches, chupas vaqueras (para la de cuero no alcanzaba el presupuesto), que nos recordaban que la única verdad está en el rock, puro y duro, muy duro. Cuando ponías un disco no te cabía duda. Y cuando los vi en directo me llegaron al corazón:

Uff. José Luis Fradejas presentándolos en “Aplauso”. Qué fuerte, el especial heavy del programa musical de la época. Me quedé de cuadros cuando pillé esto en el Youtube, hasta me salió algún grano al verlo.

Pero claro, de heavy se ligaba poco también. Si eras el más heavy del barrio (y necesitabas mucho tiempo para dedicarle a tu melena, ser grandote y fuertote tipo oso, pelos en el pecho, barba cerrada y comer con la boca abierta, que tu abuela le cosiera flecos a la chupa y que las muñequeras de remaches te llegaran hasta por encima de los codos) te llevabas a la chavalita heavy, si no, como de punki montonero, a las pajas.

Pegando bandazos conocimos a unos tipos con tupé que nos aseguraban que el único rock puro no era el duro, sino el puro, puro. Y también encontramos a un profeta cercano:

Más de lo mismo en cualquier caso. Para ligar como rocker no podías llevar un uniforme de mercadillo, necesitabas una chupa de cuero de verdad, un tupé gigante y el primero que sacó una Harley a la calle montó para siempre a su lado a la chica rocker más sexy de todas para los restos. Y nosostros ni un triste vespino. Así que vuelta a lo de modernito, que ligabas más con menos inversión y que, de vez en cuando, nos proporcionaba temazos como este:

Luego vino la industria discográfica y lo jodió todo. No sabíamos qué pasaba, pardillos nosotros, pero cuando los ochenta comenzaron a declinar los grupos hicieron lo mismo, especialmente los que llamábamos modernos, otros siguieron fieles a sus principios, pero de manera muy repetitiva. Así que entre más de lo mismo y no ligas ni patrás o intentar ligar en un ambiente musical de vomitera comercial con la sintonía de los 40 incluida el final de la década nos presentaba un panorama negro que a duras penas contrarrestabas politizándote, que no dejaba de ser una manera de volver a las raíces (y de ligar con el mensaje, que siempre se me dio mejor que con la pinta, que se me daba fatal):

En 1989 entré en la Facultad y al primero que me encontré fue al Fernando Madina dando el mitin. Al poco estaba yo como él. En lo del mitin. El bajo ya lo estaba dejando, mi sentido del ritmo nunca dio para más allá de subir y bajar la cabeza convulsamente en los conciertos de rock. Todavía lo tengo en casa, no sé para qué.

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